El balance del programa revela una ruta clara: salvaguardar la cocina tradicional no es solo conservar recetas; es defender los derechos culturales, fortalecer la economía local, proteger el medio ambiente y reconstruir el tejido social. Y en cada plato preparado, las comunidades del Magdalena Medio están demostrando que, en Colombia, también se cocina la paz.
Pilanderas, mojigangas y bailes tradicionales llenaron de color y música el Encuentro Regional de Cocinas para la Paz en San Pablo, Bolívar. Foto: Saulón Guerrero
La clausura del programa tuvo lugar este jueves 26 de junio en el Parque Principal del municipio de San Pablo (Bolívar) en el Encuentro Regional de Cocinas para la Paz Magdalena Medio. El evento contó con la participación de los principales liderazgos de los cuatro municipios, así como la presencia de Juan David Benavides, representante de la Dirección de Patrimonio y Memoria de Minculturas, Adriana Rueda, líder del equipo FAO y las talleristas que acompañaron el proceso local.
La jornada incluyó reflexiones sobre el papel de las cocinas tradicionales en el derecho humano a la alimentación, la producción local y el consumo responsable a través de un conversatorio abierto para las comunidades. Además, fue un espacio de intercambio de platos y productos tradicionales, bailes de pilanderas, mojigangas y demás manifestaciones de cada municipio que nos recuerdan que la cultura alimentaria es también una fiesta de sentidos y saberes.
Barrancabermeja: entre el bocachico y la memoria
Conocida como la capital del Magdalena Medio, Barrancabermeja fue escenario de talleres que reunieron a cocineras tradicionales, jóvenes y sabedores del territorio. En este municipio, el pescado es símbolo de identidad y resistencia: el bocachico frito sudado y el sancocho trifásico fueron priorizados como recetas emblemáticas. “No estamos hablando de lo que nos identifica, de los que hacen el pescado frito sudado, el enyucado, todo eso es lo que nos identifica y debemos sentirnos orgullosos. Debemos renombrar aquellos antecesores para saber quiénes fuimos y quiénes seremos”, señaló Amanda Páez Rodríguez, Representante de la Secretaría de Cultura y Patrimonio de Barrancabermeja, durante el conversatorio del Encuentro Regional.
Durante los talleres, se evidenció cómo las mujeres han sido portadoras clave del conocimiento culinario, transmitiendo recetas que integran el uso del fogón de leña, técnicas de ahumado y preparaciones con ingredientes locales como el plátano, el ají, el maíz y el pescado de río.
Representantes de Simití, Barrancabermeja, San Pablo y Arenal compartieron recetas, utensilios y relatos sobre la relación entre cocina, territorio y memoria. Foto: Saulón Guerrero
Las visitas también permitieron identificar la pérdida acelerada de prácticas tradicionales, en especial entre las generaciones jóvenes, quienes reconocieron que desconocían muchas de las recetas y técnicas que aprendieron durante el proceso.
La entrega de cartillas pedagógicas y materiales impresos permitió sembrar una semilla de continuidad, tanto en niños como en docentes de instituciones educativas. A su vez, se discutieron estrategias para articular la cocina tradicional a procesos de turismo comunitario, iniciativas de economía solidaria y rutas gastronómicas locales.
María Eugenia Artunduaga Taborda, cocinera tradicional y gestora cultural de Barrancabermeja, afirmó durante el Encuentro que el programa es una oportunidad para reencontrarse con los cocineros tradicionales de la región. “Un programa como ‘Cocinas para la paz’ nos permite articularnos y visibilizarnos conjuntamente. Si somos un conjunto, podemos llegar más lejos en este propósito de salvaguardar, de difundir, formar, guardar nuestros conocimientos. Esperamos que este convenio de Minculturas nos permita seguir avanzando para continuar fortaleciendo nuestras cocinas tradicionales en Barrancabermeja y todo el Magdalena Medio”.
San Pablo: sabores que resisten
En San Pablo, Bolívar, el programa se centró en reconocer y visibilizar el papel de las mujeres rurales en la conservación de las cocinas tradicionales. La viuda de pescado y los quequis emergieron como preparaciones símbolo de resistencia frente a los cambios en la dieta local. “Cocinar para la paz es lo mejor que ha llegado a nuestro municipio. Esto nos ha hecho confiar más en la paz que podemos tener, ya que a veces los grupos armados interfieren con nuestro municipio, más que todo con las madres cabezas de hogar. Así que yo creo que nuestras tradiciones han conservado la paz de nuestro municipio”, señaló Magaly Benavides, gestora cultural y coordinadora de la red de mujeres de San Pablo, Bolívar.
En San Pablo se realizaron talleres de transmisión intergeneracional que permitieron fortalecer el vínculo entre generaciones. Los niños y niñas expresaron su sorpresa al conocer ingredientes y formas de preparación que nunca antes habían visto. Estos espacios no solo despertaron interés en las recetas, sino que conectaron a los jóvenes con la historia de sus abuelas, la tradición oral y el respeto por el entorno natural. Magaly Benavides agregó: “Este programa ha buscado que nosotros volvamos a la tradición como la viuda de pescado y la pesca en general. Ha logrado que nuestros hijos conozcan la tradición de nuestro pueblo”.
Uno de los logros más importantes fue la adaptación del ícono GABA (Guías Alimentarias Basadas en Alimentos) en el municipio, como parte de una apuesta por el reconocimiento del patrimonio culinario como componente del bienestar colectivo.
También se discutió la escasa disponibilidad y accesibilidad de alimentos frescos, agravada por factores económicos y climáticos, lo que genera dependencia de productos industrializados y amenaza la seguridad alimentaria local.
Niños y niñas del Magdalena Medio participaron en actividades culturales que resaltaron la importancia de conocer y preservar las tradiciones alimentarias de sus territorios. Foto: Saulón Guerrero
Simití: cocina, conflicto y dignidad
En el municipio de Simití, históricamente afectado por el conflicto armado, la cocina se convirtió en un espacio de dignificación. La viuda de pescado, el bollito de coco y el enyucado fueron identificados como preparaciones que sintetizan la historia de las familias del territorio.
Durante los encuentros, los participantes reflexionaron sobre cómo los alimentos conectan con los rituales de siembra, cosecha, duelo y celebración. Las cocineras compartieron prácticas de conservación como el ahumado, el salado y el secado al sol, muchas de las cuales han sido reemplazadas por técnicas modernas que reducen el valor nutricional y simbólico de los platos. Se evidenció también el impacto negativo del consumo de productos ultraprocesados, la pérdida de semillas nativas y el desconocimiento de técnicas tradicionales por parte de los más jóvenes.
“Nos gustaría que no se terminara el programa porque nos pareció muy chévere conocer e intercambiar saberes con otras personas del mismo municipio. Con esta actividad de cocinas para la Paz he aprendido muchas tradiciones que no sabía”, señaló Olga Patricia Solano Barbosa, artesana y sabedora tradicional del municipio, al cierre del Encuentro.
La intervención propició alianzas entre organizaciones comunitarias y agentes institucionales, y permitió entregar materiales educativos para garantizar la permanencia del proceso. “Para mí ‘Cocinas para la paz’ es retroceder en el tiempo y recordar a esas personas que cocinaban y ya no están. Este programa es amor, unidad, nos regresa al pasado”, agregó Solano.
Durante el Encuentro Regional, la viuda de pescado fue un vínculo identitario entre los cuatro municipios del Magdalena Medio: fue un símbolo de memoria y territorio. Foto: Saulón Guerrero
Arenal: el maíz como símbolo de identidad
En Arenal, Bolívar, la viuda de pescado, la Cubana y el bollito de maíz fueron las recetas seleccionadas por las comunidades como parte de su memoria viva. El maíz y el arroz, en particular, fueron reivindicados como elementos centrales de la cultura y la alimentación local, cuya producción se ha visto afectada por cambios en los hábitos alimentarios y el abandono del campo.
Los talleres desarrollados en Arenal contaron con una participación activa de mujeres mayores, quienes compartieron saberes sobre la preparación de alimentos durante las fiestas, rituales religiosos y celebraciones comunitarias.
En el trabajo con los niños, niñas y adolescentes, se identificó una fuerte desconexión con las prácticas alimentarias del territorio. Muchos niños manifestaron no conocer el origen de los alimentos que consumen ni la historia de sus platos típicos. “Arenal es un pueblo donde sí hay tradiciones. Lo que pasa es que nuestros abuelos v ancestros ya fallecieron y muchas personas no han seguido con sus conocimientos. En varios municipios se han perdido las tradiciones, y con estos cursos de Cocinas para la paz vuelve uno a recordar”, comentó Gerson Pallares Pacheco, artesano y sabedor tradicional del municipio.
El programa permitió reconectar esas memorias y sembrar conciencia sobre la importancia de preservar la cocina tradicional como parte de la soberanía alimentaria, la salud y la dignidad cultural.
Cocinar también es un acto político
El balance de la implementación de Cocinas para la Paz en el Magdalena Medio deja ver un panorama complejo y desafiante, pero también profundamente esperanzador. En los cuatro municipios intervenidos, la cocina emergió como un territorio de resistencia, memoria y transformación.
La participación de mujeres, sabedores tradicionales, niñas y niños fue esencial para resignificar los saberes culinarios como patrimonio inmaterial que debe ser protegido, enseñado y promovido. Si bien el programa permitió identificar las amenazas que enfrentan las cocinas tradicionales como la inseguridad alimentaria, el abandono del campo, el desinterés de los jóvenes y la presión del mercado también evidenció que las cocinas dejaron de ser solo lugares de preparación de alimentos para convertirse en espacios educativos, culturales y políticos.
Durante el encuentro, líderes comunitarios destacaron el rol de las cocinas tradicionales en la construcción de paz, el cuidado del medioambiente y la soberanía alimentaria. Foto: Saulón Guerrero
Cocinas para la Paz no solo rescató recetas: encendió un fuego colectivo que sigue ardiendo en los fogones comunitarios, donde cada preparación es también una forma de narrar el territorio, de reclamar derechos, de tejer comunidad. De igual forma contribuyó con la transmisión de conocimientos entre generaciones y la consolidación de espacios de participación comunitaria en contextos rurales y de posconflicto. Esta iniciativa, desarrollada por el Ministerio de las Culturas y la FAO, reafirma la importancia de integrar la cultura y la alimentación como ejes estratégicos para el desarrollo territorial, la cohesión social y la construcción de paz en el país.