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Blanca Uribe, el sonido de una pasión inagotable

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Galardonada con el Premio Nacional de Cultura 2025, Blanca Uribe cuenta su historia para hablar del piano, la disciplina y la pasión que han guiado su vida.

26-12-2025
Blanca Uribe

Foto: Katherine Quintero​​

Por: Melissa Betancour 

Cuando Blanca Uribe se sienta frente al piano, una avalancha de emociones la atraviesa. Los recuerdos de su padre, también músico, aparecen mientras acaricia cada tecla. El estudio del instrumento, dice, es una labor inagotable: cada articulación y cada ligadura en la partitura adquiere un nuevo color bajo sus manos. Sonriendo, se sienta frente al instrumento. “Este piano es de Isolda”, dice señalando al Steinway & Sons en su sala, un piano de cola que compró con apoyo de Diego Echavarría Misas y su esposa, Benedikta Zur Nieden, tras la muerte de su hija, gran amiga de Uribe, Isolda Echavarría. Después, por instantes, su casa se transforma en una sala de conciertos. A su lado, Tinto, su border collie, la acompaña en silencio.  

Cuando habla del instrumento, sus ojos se iluminan: “El piano nunca se acaba. Cada pieza busca su sonido, su articulación, su color”. Al mencionar a sus intérpretes favoritos, Uribe evoca a figuras que, como ella, han marcado hitos en la música clásica: Arthur Rubinstein, Martha Argerich y Lía Montoya. Para Blanca Uribe, recientemente galardonada con el Premio Nacional de Cultura 2025 del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes, la música es también una manera de entender el mundo. El Minculturas la entrevistó para repasar su trayectoria y celebrar el reconocimiento. 

Minculturas: ¿Cómo fue su primer acercamiento al piano? 

Mi papá fue de los más grandes músicos que ha tenido a Colombia. Él era flautista, saxofonista y clarinetista. Cuando visitábamos a la abuelita, que era pianista también, siempre, ellos se reunían a hacer música, todos tocaban. El violín, el chelo, la flauta. Era como una fiesta ir a la casa de ella y yo siempre me paraba, desde los cuatro o cinco años, al lado del piano. Miraba quién lo estaba tocando; lo tocaba la abuelita, lo tocaban unas tías. Por eso digo yo que el piano me escogió a mí, porque a nosotros nos encantaba oir a mi papá tocar el saxofón, el clarinete y la flauta; pero cuando había piano yo me iba, era a oír al piano. Después, cuando tenía seis años, mi mamá se consiguió uno y empecé a tomar clases con mi abuela. Estuve 6 meses estudiando con ella cada vez que venía a la casa. Luego entré al conservatorio en Bogotá y, posteriormente, acá en Medellín.  

Minculturas: ¿qué siente cuando lo interpreta? 

La sensación es maravillosa, uno no se cansa de buscar una manera de que suene mejor, de que se oiga mejor, de pensar qué es lo que el compositor me pide en cada obra. Uno nunca acaba de estudiar y buscar una mejor manera de interpretar. Ya en el escenario es otro cuento. En el escenario siento responsabilidad. La gente se tomó la molestia de ir al concierto y siento la expectativa del público que, obviamente, siempre quiero que salgan contentos. Pero uno, como músico, nunca sale contento, siempre cree y espera hacerlo mejor. Es una labor eterna. Por eso la estudiada es bonita. Ese es el momento en el que uno busca el color, el sonido, la articulación, el pedal. Esa labor es inagotable.

Blanca Uribe ​

Foto: Katherine Quintero


Minculturas: ¿En qué momento supo que quería dedicarse a la interpretación de este instrumento? 

A los 11 años, debuté como solista con la Orquesta Sinfónica de Colombia. Mi papá me ayudó a prepararme para ese momento, para saber qué tocaría la orquesta. No me sentí nerviosa. Ese momento fue como un cuento de hadas. La presidenta de la junta directiva de la Orquesta en aquel momento que era una pena que don Diego (Echavarría Misas) no estuviera presente. Dos años después me invitaron a tocar con la Orquesta Sinfónica de Antioquia y don Diego me fue a escuchar. Toqué una obra de Félix Mendelssohn. Al terminar, fue a saludarme. Saludó a mi papá y a mi mamá y nos invitó a que fuéramos a El Castillo, donde él vivía, para que tocara. Al terminar de tocar, le preguntó a mi mamá qué planes tenían para mis estudios. Ella le dijo que el plan sería enviarme a Estados Unidos, donde vivía un tío, a pesar de que la situación económica era complicada. Don Diego le dijo a mi mamá que arreglaran todos mis papeles. Estuve tres años y medio estudiando en Kansas y, posteriormente, fui a un conservatorio en Viena, donde estuve por seis años largos. Él estaba encantado porque le gustaba mucho la música de Mozart y Beethoven. Don Diego pagó mis estudios durante diez años, fue un ángel para mí. Posteriormente, estudié en Julliard, en Nueva York. Donde conocí a colegas maravillosos. La música para mí es mi vida. Cuando estuve en bachillerato descubrí también la literatura y en, mis años de soledad en Viena, los libros me acompañaron. Pero heredé de mi papá, creo que al igual que todos mis hermanos, la felicidad de tocar instrumentos. La música era una celebración en mi casa. 

Minculturas: Usted ha sido una figura fundamental en el acercamiento de nuevos públicos a la música clásica. ¿Qué ha significado eso para usted?  

Muy valioso. Cuando estaba estudiando, aprendí a interpretar música clásica. Yo no sabía interpretar el estilo clásico. Fue como aprender a tocar nuevamente porque cada etapa de la música clásica tiene un modo distinto de ser tocado. Me dio mucha dificultad aprender eso, pero me fascinó una vez lo hice. Siempre había incluido una pieza de Beethoven en cada uno de mis repertorios hasta que, en los años 60, mi profesor quiso presentarme en la Concurso Internacional de Piano Beethoven. En ese momento, durante ocho meses, preparé todo un concierto y variaciones de sonatas. Posteriormente, en el 77, hice en el Teatro Colón un ciclo de todas las sonatas de Beethoven. El teatro fue vendido en su totalidad, en sus siete recitales. Llevar al público a que fueran a escuchar todas las sonatas de Beethoven fue maravilloso.

Blanca Uribe 

Foto: Katherine Quintero 


Minculturas: Además de su repertorio clásico, usted cuenta también con un amplio repertorio de música colombiana. 

Sí, yo nací oyendo música andina. Mi papá tocaba en las reuniones música colombiana. Tocaba pasillos y bambucos. Decía a las dos de la mañana: “todavía me faltan 35 pasillos por tocar”. Así crecí yo. Después, cuando me fui de Colombia, la música del país seguía conmigo. En ese momento no tocaba música colombiana porque estaba en proceso de realizar el ciclo de las sonatas de Beethoven. Un día, el Banco de la República me invitó a hacer un disco de Emilio Murillo. Para montarlo me mandaron cantidades de partituras de él y de otros compositores colombianos. Ahí sentí que volví a mis raíces. Eran sonidos familiares para mí, pero desde entonces no faltan en mi repertorio.  

Minculturas: A lo largo de su carrera, ¿qué papel ha tenido la docencia en su vida artística 

Es lo más gratificante. Con los pianistas, siempre hablamos de cómo sudan las manos cuando vamos a tocar frente al público. A mí las manos no me sudan cuando voy a salir a tocar, pero cuando salen mis alumnos, sí. Es especial verlos salir adelante, dar conciertos, ser profesores. El consejo que les doy siempre es que si van a tomar esto en serio se necesita disciplina si lo quieren hacer bien. Es un trabajo de horas. No es fácil.  

Minculturas: ¿Qué le diría a las próximas generaciones de músicos colombianos? 

Les diría que este amor que tenemos vale la pena, pero tiene que estar acompañado de una disciplina para el resto de la vida. Es lo que siempre hablo con todos. Como en todo amor, con la música, cuando la amas estás dispuesto a sacrificar. Es demorado porque se trabaja con el cuerpo, el intelecto y la emoción. Todo está involucrado. Aprender música cambia la vida de los jóvenes, y no necesariamente porque vayan a ser músicos; pero tener la experiencia aporta disciplina y constancia.  Sensibiliza. Cualquier forma de arte, puede ser la pintura, la literatura, lleva a una paz interior. ​

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